“Estoy harta del tío este, de verdad. Parece incapaz de pedir las cosas con un poco de amabilidad. Tampoco es que quiera que me haga una fiesta cada vez que me pida algo, pero no sé, un mínimo de empatía. Ayer me quedé en la agencia hasta las once para acabar lo de la campaña de Nike, y hoy a las nueve ya venía con prisas. Bueno, ya está, mañana será otro día, no voy a seguir malgastando fuerzas con este imbécil”– pensó Clara mientras se dirigía a la escuela de creatividad donde impartía clases desde hacía unos años.
Era un día lluvioso en Barcelona. Uno de esos en los que los pensamientos se empapan de melancolía y el ruido de los coches sobre la carretera mojada enmudece cualquier expresión de alegría.
Los trabajadores que volvían a casa desfilaban cabizbajos por la parte interior de las aceras, mientras las entradas del metro hacían entrever que ese día, la ciudad, vivía bajo tierra. En la escalera mecánica, los paraguas se cerraban como flores que se marchitan por un verano que tarda demasiado en llegar.
“Bueno, por suerte pasa en dos minutos”–se dijo mientras buscaba con la mirada un pequeño hueco en el andén.
El metro llegó con una puntualidad impropia de esos días y pudo acceder al vagón, no sin antes sufrir varios empujones. En la siguiente parada, el habitual baile por mantener la posición, pasó a ser un agarrado. Un señor que parecía ocupar también el espacio de su sombra, apoyó su chubasquero empapado sobre su espalda.
Me cagüen..–dijo ella sin decir palabra. Durante las siguientes dos paradas, trató de recriminarle su actitud mediante telepatía. Clavó su mirada en él a través del reflejo de la ventana y se juró que cuando fuera mayor no volvería a dejar pasar un incidente como este sin montar un buen numerito. Quería ser como esas abuelas que ya están de vuelta de todo. Sin embargo, aún se veía joven, así que continuó su trayecto mascullando improperios. Por fin, el metro se detuvo y siguió a la muchedumbre mientras trataba de secarse la espalda sin éxito.
“Venga, que ahora empieza la clase y no puedo estar así”  –se animó ella mientras cerraba el paraguas para acceder a la escuela.
En ese momento, se cruzó con Marta que estaba dejando la chaqueta en el perchero y la saludó. – “Hola Marta, ¿Qué tal?”
Marta la miró a los ojos pero no dijo nada. No hizo ni una mueca.
Clara no pudo más y estalló, alzando la voz–¿Pero tú de que vas? Eres una maleducada. Cuando alguien te saluda, lo normal es contestar–.
Marta se arrugó más que un paraguas y señaló el flemón que le deformaba la cara.



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