Ocurrió hace aproximadamente 2 meses, de la manera más absurda, mientras recorría los escasos 15 kilómetros que separan mi casa del trabajo.
El reloj digital de la moto marcaba las 17:46h pero, teniendo en cuenta que iba una hora y media adelantado, marcaba las 4 y cuarto de la tarde. El sol, que hacía por calentar sin conseguirlo, a punto estaba de no marcar la hora. Justo en la entrada de la ciudad, rodeándola por el litoral y vislumbrando ya el cementerio de Montjuic, tuve una extraña sensación.
Los coches empezaron a circular borrosos. Las lágrimas inundaron mi mirada al tiempo que las nubes, vestidas con sedas anaranjadas, danzaban ligeras entre la tierra y el mar.
- ¡Qué imagen tan bonita! ¡Qué ciudad tan bonita! ¡Qué bonito es vivir!– Pensaba yo mientras disfrutaba del más hermoso cuadro impresionista.
Embriagado por la belleza que me rodeaba, sentí la fortuna recorrer todo mi ser. No podía creerlo. No quería creerlo. No creía poder quererlo.
Tanto fue así, que empecé a pensar en cosas tristes. Me acordé de quien me acuerdo siempre, y recuerdo que le recordé.
Tonto de mí, creí que por llorar, tenía que estar triste.


Back to Top