La señora Enriqueta siempre ha sido muy presumida. Una de esas mujeres que no se permiten salir de casa sin un poco de colorete y unos pendientes a juego con el bolso. Cada uno tiene sus manías, y la suya no hace daño a nadie. Incluso durante la enfermedad de su marido Juan, aún en su papel de cuidadora 24 horas, siempre encontraba un momento para sombrearse un poco la mirada. Fueron cinco años muy duros en los que no se separó de él ni un momento.
Hace mucho tiempo que somos vecinas, pero al morir el señor Juan empezamos a pasar más tiempo juntas. Por las tardes, cuando mi marido trabajaba, bajaba a su casa y veíamos juntas la telenovela y algún programa de esos de cotilleos. Nos reíamos mucho y supongo que eso a ella le iba bien. No quiero ni imaginarme cómo estaría yo si le pasara algo a mi Pepe.
Siempre me contaba anécdotas de su marido. De la época en la que aún eran novios, de la reacción de sus padres cuando les dijo que se casaba, de los años felices cuando Mónica, su única hija, era pequeña y dulce… cosas así. Siempre me pareció muy bonita la forma en la que recordaba los momentos felices que pasó con él. A veces, esa alegría con la que hablaba se tornaba en tristeza cuando recordaba que ya no estaba. Siempre me decía que daría cualquier cosa por volverlo a ver, aunque fuera solo por un rato.
El tiempo fue pasando y le propuse ir juntas a un centro social que está a tres manzanas de casa. Es un sitio de esos donde va gente mayor, hacen actividades y puedes conocer nuevas amistades. Ella no tiene familia y además, Mónica se había ido a Estados Unidos a vivir. Creo que nunca tuvieron una relación muy buena porque casi nunca habla de ella.
Hará unos cuatro años, abrieron un centro de estética justo debajo de casa y como ella siempre había sido muy coqueta, enseguida se interesó y entró a preguntar. Yo no me enteré de eso hasta que un día, cuando bajé a su casa, me la encontré con una gasa que le cubría los ojos. Le pregunté si se había caído y me contó que había decidido arreglarse las patas de gallo. Me pareció extraño que alguien que prácticamente no sale de casa, le dé por hacerse un retoque, pero me dijo que lo más importante es verse bien uno mismo, y la verdad, es que tenía razón.
Le gustó tanto como le quedó que siguió con los retoques. Al principio fue la nariz, luego la barbilla, las orejas… De todo, se hizo de todo. No sé cuánto cobraría de pensión, pero se estaba gastando un dineral.
Desde el primer momento estuve a su lado. La gente de la escalera comentaba cosas, pero yo solo veía a una mujer mayor que intentaba volver a ser feliz, aunque fuera a golpe de bisturí.
Un día, mientras estábamos en su casa viendo un programa de esos de la tarde, llamaron al timbre. Era su hija. Había venido por sorpresa de Estados Unidos, después de ocho años sin ver a su madre. La señora Enriqueta se quedó paralizada y me pidió que fuera yo a abrir la puerta. Cuando llegó Mónica al piso, la saludé y le dije que su madre estaba esperándola en el comedor. Al girar el pasillo y verla, se quedó petrificada. Su madre se había convertido en su padre a base de cirugía estética. Era la viva imagen del señor Juan. Me miró cómo buscando una explicación y me encogí de hombros. Supongo que siempre pensé que quién era yo para quitarle la ilusión de volver a ver a su marido cuando se mirara al espejo.
Back to Top